Sobre las aguas del río Neretva, donde durante siglos convivieron culturas, credos y lenguas, Mostar levantó uno de los grandes símbolos de la Europa mestiza: el Stari Most, un arco de piedra tendido sobre el agua y sobre la historia. Construido en el siglo XVI como prodigio de la ingeniería otomana, el Puente Viejo de Mostar dio nombre e identidad a una ciudad que hizo de la convivencia su esencia.
Pero la guerra convirtió a Mostar en una de las ciudades más devastadas del conflicto en la antigua Yugoslavia. En 1993, tras los bombardeos, el puente se desplomó sobre el río y, con él, pareció derrumbarse también una parte esencial de la memoria común de Bosnia y Herzegovina. Sin embargo, de aquella destrucción nació una de las mayores lecciones de resiliencia patrimonial de nuestro tiempo.
La reconstrucción del Stari Most, culminada en 2004 e inscrita como Patrimonio de la Humanidad en 2005 por la UNESCO, recuperó los restos originales del puente rescatados del cauce del Neretva y devolvió a Mostar uno de sus mayores emblemas. En esta historia permanece también la huella de España: la presencia prolongada de soldados españoles, entre ellos numerosos canarios, sostuvo a la ciudad en sus años más difíciles, un vínculo que Mostar recuerda hoy en su Plaza de España.
Hoy, el Centro Histórico y el Puente Viejo de Mostar representan una de las lecciones más poderosas de la conservación contemporánea: la capacidad del patrimonio para sobreponerse a la devastación y devolver a un lugar su memoria, su identidad y su esperanza.

